Semblanza de Raúl Sorabella

Se extraña el humor de aquella vieja dicharachera

Por Carlos Daniel Torres

¿De qué nos reímos quienes habitamos esta parte del país? ¿Nos causa gracia en verdad las mismas cosas a chaqueños, correntinos, misioneros, formoseños? 

Siendo una región habitada por pueblos originarios ¿acaso conocemos y se encuentra difundido ese tipo de humor ancestral?¿o solo conocemos el humor criollo/blanco/conquistador?. ¿Qué pasa y que nos pasa cuando consumimos un chiste que hoy dejó de resultar gracioso? ¿En qué medida aceptamos reírnos de nosotros mismos cuando se alcanza las vísceras mismas de la idiosincrasia?. Alguna vez el maestro Luis Landriscina se preguntó incluso si en verdad el “correntino” tenía humor, levantando una ola de incomodidades de las que tuvo más tarde que desdecirse (convencido o no).

La risa o bien el sentido del humor son más bien cualidades únicas del ser humano, que hace que se lo distinga de todos los otros seres vivos. Su aparición es tan ancestral como el miedo y el instinto. Chasquido, carcajada, risotada, risita, sonrisa son los modos de manifestarse y adquieren dichos nombres de acuerdo a cómo sea su duración, el tono y las características.

Nada más oportuno para traer a escena el recuerdo del humor inolvidable de Raúl Sorbella: bailarín,coreógrafo,actor,director de teatro y docente. Fue durante muchos años Porta-estandarte de Copacabana y figura de la comparsa. Se inmortalizó con su personaje «Doña Conché», una vieja dicharachera- que según Isaco Abitbol, decía era su novia.

Muchos años después de la temprana partida de Sorabella, otros correntinos intentaron el camino de hacer humor desde el “transformismo” apelando a una estética con todos los tatuajes socioculturales de la época.

A este recoger los guantes del legado por hacer trascender el humor de esta parte del país, mientras los cultores actuales hablan más de madres luchonas desde lo caricaturesco, las paternidades abandónicas gozan por contrapartida de un silencio benefactor …  pareciera incluso no ser materia risible. 

Al humor, Raúl Sorabella le puso arte. Se capacitó en la Escuela de Alejandra Boero, durante tres intensos años durante su periplo porteño. En su histrionismo tan “único” quizá haya un poco de aquella épica de cuando conformó grupos de teatro durante los primeros años de la secundaria. Le agregó tal vez una pisca de conocimientos adquiridos en distintos talleres de entrenamiento actoral que cursó con maestros de la Provincia. Es bueno recordar también que de este trabajo surgió el Taller de Teatro “del Guarán”, siendo él, uno de sus fundadores. Vinieron ‘Y Juan Moreira fue‘, ‘Animas de día claro‘, ‘Picnic en el campo de batalla‘, ‘El Reino del estornudo‘ y otras.

En la fina ironía de aquella inocente viejecita había mucho de café-concert. Mucho vuelo creativo de su audaz, provocador, ingenioso y controvertido mentor. Siempre fiel a sí mismo, siempre tan genuino consigo mismo. 

En este tránsito experiencial actoral lo llevó a Rául Sorabella a descubrir nuevos horizontes dentro del mundo teatral. Por eso justamente ese tipo de humor no se agotaba en latiguillos de frases en búsqueda del efecto rápido para provocar la risa. Sus disparates transpiraban reflexión, sus ocurrencias chapoteaban sabiamente en el fango de la denuncia social, la sátira de la hipocresía de aldea que surgía -sin presiones ni cuidados- por lo que irían a decir.

Aún con sus silencios en pista, la risa se filtraba tras cada gesto. En esos pequeños intervalos mientras la vieja pitaba su portentoso cigarro. Allí brotaban y explotaban las verdades como pororó. Esas pequeñas ráfagas de Café Tortoni, esos remates tan ingeniosos pegados en su alma peregrina por tantas funciones en el Centro Cultural San Martín y distintos espacios alternativos. Siempre llevando la idiosincrasia correntina de la mano de esa entrañable y querible decidora de verdades.

A través de la osadía para la época de presentar a una vieja “dicharachera” que eligió como bandera la denuncia social, Sorabella por tras del personaje de Doña Conché también permitió ingresar otro tipo de humor. 

Doña Conché vino a colocarle voz y presencia a una figura femenina. Campo en el que el humor provinciano no resultó del todo “hospitalario” a la hora de reírse de alguien y más si ese otro “alguien” estaba constituido por un varón. Por ende- voluntaria o involuntariamente- surgió la tensión si nos reímos de alguien o si nos permitimos reírnos “con alguien”. 

Traspolado a los tiempos que corren, el personaje de la vieja decidora y sagaz seguramente seguiría siendo renuente al uso de las nuevas tecnologías, como lo fue cuando la voz de su autor estaba aún entre nosotros. Tal vez renunciaría a la bandera que otros coterráneos lo hacen-con muchísimos seguidores- so pretexto de mantener la vigencia de ese caudal de acompañamiento. Si lo chabacano es ley, entonces hay que prestarse al circo militarían desde esa otra orilla.

Doña Conché siempre fue una abuelita imprudente y recatada a la vez, contradictoriamente contestataria otras veces, con un provincianismo impregnado de expresiones propias del avañe’ẽ.  Así hacía reír a su gente y así también creaba la complicidad para saber interpretarla. Su desparpajo era pueblerino e ingenuo y no de ciudad. Menos afecta a esos entramados verbales urbanos -que más de uno se quedaría pensando- si en verdad hacían falta decirlos para hacer reír.

Hasta cuando la entrevistaban “en personaje” a través de los medios, Doña Conché marcaba la cancha de lo que podía hablar y de lo que no.  Su lado gracioso nunca vino por el costado de la hipersexualización, no generó humor a partir de estereotipos de género ni de clase, más bien los colocó en tensión. No provocó por medio de palabras subidas de tono a mansalva y sin sentido. Tampoco por la argamasa de los entretelones de intrigas familiares, infidelidades y prejuicios estéticos.

Las perplejidades de “la Gladys”, (nieta de Doña Conché) atravesando una adolescencia con hormonas en despliegue, nunca fueron obstáculo para obtener gracia del desparpajo de la guainita. Lo gracioso venía por el lado de lo sugerido y sugerente, nunca de la explicitación morbosa. En este tipo de humor, a pesar de una sociedad tan “pacata” nunca se dejó de hablar de deseos y cuerpos desobedientes a la moral y las buenas costumbres.  Aún amparada en sus pruritos de recato, la ficción presentada por Sorabella siempre estuvo pintada por un tipo de familia “no tradicional”, en las que resultaban excluyentes solo abuela y nieta. Propuesta artística en la cual la risa siempre fue un lugar de resistencia.

Lo visionario de Sorabella respecto al personaje en cuestión -en el contexto del humor  correntino en particular- radica quizá en su visión de futuro para predecir un cambio de época y no una época de cambios.

En una semblanza, su compañero de vida lo describió magistralmente. Nada mejor entonces que recordar las palabras de Thierry Calderón de la Barca (dramaturgo, narrador, poeta, pedagogo de teatro y co-fundador junto a Raúl de ‘El Aleph, Grupo de Teatro Breve):  “Generosa fue su entrega. Y marcó para siempre la estética de la región. Hay un antes y un después de él. Propició, sin saberlo, un reacomodamiento en el espectro teatral correntino. Y así surgieron nuevos actores y nuevos grupos. Un viento de renovación, que no cesa de señalarnos el camino”.

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